Cuando uno viaja, siempre lo hace por algún motivo o con alguna intención: ver algún familiar, vivir nuevas experiencias, descubrir otras culturas, buscarse a uno mismo, conocer a gente nueva y un sin fin de razones más. Yo sin embargo tome el tren hacia Sevilla con mi amiga Lucia sin tener  una expectativa clara, pero sin duda sabiendo que estaba siendo guiada por Dios y que él me llevaba a un lugar donde le sentiría más cerca que nunca.

Esta experiencia la empecé acompañada por otros ocho voluntarios, ocho personas que rápidamente se hicieron un hueco en mi corazón y llenaron la casa con su espíritu alegre y lleno de ilusión; junto a ellos tuve la suerte de vivir constantes momentos de emoción y diversión.

Al llegar a Regina, nos dieron la bienvenida las hermanas Mª Ángeles y Eli.  Lo primero que pensé fue en lo sonrientes que eran y en el desparpajo que irradiaban; no tardaría en saber que ellas, junto a la Hna. Carmen, son los ángeles de la guarda de la casa, las que se encargan de hacer de este lugar un hogar donde cada uno pueda sentirse querido y en paz.

Recuerdo la primera vez que cruzamos los nueve la puerta principal y entramos en el patio, el pequeño de la casa Miguel Ángel nos dio la bienvenida con un poco de timidez y algunas de las personas que estaban en el patio se fueron acercando a nosotros con sus miradas de curiosidad pero sobretodo de acogida.Es llamativo como lo que me pareció en un principio un simple patio, horas después se convertiría en el rincón más preciado de la casa.

Los primeros días las chicas y yo aprendimos de la mano de la hermana Carmen (ella siempre paciente y llena de bondad) el modo de mover, cambiar y duchar a las mujeres. Mientras que en el grupo de los chicos había algunos más veteranos que ya tenían más aprendida la práctica y enseñaban a los demás. Para todos, estos momentos eran de los más divertidos y entrañables del día y de los que más anécdotas sacábamos para contar en nuestras comidas. De estos momentos sobretodo destacó la gran confianza que depositaron todos en nosotros desde un principio, lo poco que rechistaron en los momentos que estuvimos menos agiles y lo agradecidos que siempre se mostraron.

La verdad es que es difícil expresar cómo nos hicimos a Regina, son cosas que solo se pueden entender viviéndolas; simplemente cada una de las personas de la casa calo en nosotros de un modo muy especial y rápidoy a los pocos días de haber llegado, entrar por la puerta era entrar en nuestra casa y estar con ellos era estar con nuestros hermanos y amigos.

Los días se pasaban volando muy a mi pesar, y es que no importa lo intensos que fueran siempre me quedaban ganas de más… más conversaciones con Peña, más bailes en la habitación con Mari Loli, más atardeceres en el balcón, más siestas en el salón de las mujeres, más partidas de domino con Placide…

Lo cierto es que ellos consiguen disfrutar al máximo de cada momento y transformar las actividades que nos pueden resultar más comunes a nosotros en algo extraordinario. Era muy bonito contemplarles ya fuese mientras comían patatas del Mac Donald, bebían un granizado de fresa, reían viendo el cine de verano o celebraban haber hecho bingo.

 Cada uno de ellos  encierra una historia de superación y fortaleza, de vivir más allá de los recuerdos y del sufrimiento provocado por la gente que les fue abandonando por el camino. Además, son poseedores de una inmensa fe que les ayuda a afrontar el día a día y de la que nos hacen al resto ser partícipes. Con ellos uno descubre un nuevo y maravilloso lenguaje, un lenguaje que no necesita de palabras articuladas, tan solo de gestos, sonidos, miradas… a través de las cuales transmiten sus necesidades y sentimientos con toda transparencia. Durante estos diez días, me he dado cuenta de la importancia de recibir cariño. Porque el simple hecho de recibirlo o no, marca la diferencia de cómo alguien va a formarse como persona y actuar con quienes le rodean. El cariño por desgracia no es un derecho del que todo el mundo pueda disfrutar, y si en Regina se preocupan y se cuidan todos entre sí tanto, es porque desde que entran por la puerta reciben cariño y respeto hacia su persona.

Después de una semana tras volver a Madrid hay mucha nostalgia, pero la sonrisa aparece sola al pensar en los conciertos improvisados en las habitaciones, las oraciones cuidadas a la luz de la luna, las misas matinales de Fernando en las que nos reuníamos todos, los besos de buenas noches y las miles de anécdotas que se quedan en el tintero.

Hablo en nombre de toda la “Dinotropa” (que es así como nos hacemos llamar en conjunto los voluntarios) cuando digo que cada momento al lado de ellos fue un regalo y que estamos felices de pertenecer a la familia Regina Mundi. Gracias a todos los que hacen posible que Regina sea un lugar que no deje de llenarse del amor de Dios y cuidan del bienestar de todos los que viven en la casa.

Por las noches al irse a dormir los residentes nos daban las gracias y ahora (que no por última vez) os volvemos a responder: “NO, gracias a vosotros".

 

                              

                            Ana Mir Crespo